El lupus eritematoso sistémico (más conocido como “lupus”) es un trastorno del sistema inmunitario del organismo –el encargado de defenderlo de las infecciones provocadas por bacterias y virus– que afecta especialmente a la piel, pero también a otras partes como los riñones, la sangre, pero también a las articulaciones. A grandes rasgos, su desarrollo conlleva que el organismo produzca anticuerpos que atacan sus propios tejidos, lo que genera dolor, calor, enrojecimiento e hinchazón, de ahí su carácter inflamatorio.

En muchos casos, esta dolencia reumática puede llegar a ser crónica (que se prolonga durante toda la vida), aunque los síntomas no se muestren de manera constante a lo largo de ese tiempo, sino por fases. De hecho, existen generalmente periodos de episodios agudos (donde la enfermedad se vuelve muy activa) y otros llamados de remisión (donde se conserva en estado latente y los síntomas no son evidentes).

Existen varios tipos de lupus, entre ellos, el más común conocido como sistémico (o LES) que puede afectar a distintas partes del cuerpo y provocar destacados síntomas como dolor en las articulaciones o fatiga (el cansancio no desaparece incluso con descanso). Aunque a cada paciente afecta de una manera distinta, en lo referido a las articulaciones, la inflamación producida puede provocar hinchazón y dolor, así como dolores musculares agudos.

Otra modalidad es el lupus medicamentoso provocado, como su nombre indica, por algunos medicamentos prescritos para la hipertensión, epilepsia o artritis reumatoide. Aunque sus síntomas son parecidos al tipo anterior, a menudo desaparecen una vez que se abandona la medicación. Otras clases son el lupus eritematoso cutáneo y el lupus neonatal.

Diagnóstico y tratamiento

El diagnóstico del lupus eritematoso sistémico no es cosa fácil. Ante los primeros síntomas es más que recomendable acudir al reumatólogo (médico especializado en artritis y enfermedades relacionadas), para que efectúe los análisis pertinentes y el examen físico de rigor. A causa de las múltiples maneras que tiene el lupus de manifestarse en el organismo (síntomas, órganos afectados…), es posible que el tratamiento tarde un tiempo en fijarse.

Actualmente, hay varios tipos de tratamientos en función de la medicación prescrita. A continuación vamos a analizar los más frecuentes:

a) Medicamentos antiinflamatorios no esteroides (más conocidos por su acrónimo inglés AINE): Son aquellos fármacos que ayudan a controlar la artritis, así como la inflamación asociada al lupus. Algunos se pueden obtener con receta, aunque otros muchos no la requieren. Los más conocidos son la aspirina; ibuprofeno o naproxeno. Es preciso indicar que este tipo de medicamentos puede contar con notables efectos secundarios, sobre todo, en el aparato digestivo (irritación, hemorragias o diarrea), por ello, es frecuente que los médicos receten paralelamente fármacos para combatir dichas secuelas.

En este sentido, es preciso indicar los beneficios de tratamientos alternativos como Artrosy, una crema que al no contar con medicamentos entre sus componentes no provoca efectos secundarios y su aplicación es totalmente compatible con el consumo de todo tipo de medicinas y sin ningún límite de uso.

b) Medicamentos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (FARME): se emplean para tratar síntomas como la artritis, entre otros. Básicamente, actúan como controladores del sistema inmunológico ayudando a reducir la inflamación. Los fármacos más corrientes son los corticosteroides (como la prednisona). Puedes conocerlos mejor en este artículo.

Actividad física contra los síntomas

El deporte siempre es sinónimo de salud y practicarlo regularmente es muy importante, aunque bien es cierto que en periodos de rebrote de lupus será más complicado practicarlo. No obstante, realizar pequeños ejercicios de estiramientos puede contribuir a que los músculos pierdan la rigidez propia en estas fases. Asimismo, también ayuda a combatir la debilidad muscular y el estado de fatiga; a aumentar su resistencia ante el dolor de articulaciones y a mejorar el estado de ánimo.

Es recomendable acudir a un fisioterapeuta para que nos ayude a elaborar un plan de ejercicios, acorde a nuestra condición física, para ejecutarlos según el momento de la enfermedad. Los más frecuentes son los ejercicios aeróbicos (caminar, andar en bicicleta…) y los estiramientos.